Mont Saint Michel (Abril 2015)

La Semana Santa se inventó para dos funciones: rezar o viajar. Como a duras penas recuerdo el Padrenuestro, opté por ponerme el casco y tirar millas. Salí de Vigo el miércoles 1 de abril y me fui a dormir a Irún. Evité en lo posible las autovías y nunca cogí una autopista de peaje, una por no gastar, y otra porque me aburren. Casi 800 kms para ir calentando neumáticos.

Temprano me levanto y busco la frontera. Pregunto a un señor por dónde se va a Francia y me dice que ya estoy en Hendaya. Esto ya no es lo que era. Me gusta Hendaya, me gusta Bayona, pero lo que más me gusta es Biarritz. Todavía conserva ese glamour de mediados de siglo XX.

Casas palaciegas, sol, rocas esculpidas por el oleaje, surfistas… este pueblo huele a vacaciones por todos sus poros.

Sólo tenía seis días por lo que mis paradas tenían que ser breves. Arranqué y subí por la costa hasta llegar a Arcachon. Tampoco está mal este pueblo, pero no es comparable a Biarritz. Lo más espectacular de este pueblo es la duna de Pyla, la más alta de Europa.

Son 110 metros de altura con arena muy blanda.

Con la cazadora y pantalón de la moto, el casco en una mano y la cámara de fotos en la otra, he de reconocer que llegué arriba más por vergüenza que por ganas. Pero valió la pena la subida. El paisaje es espectacular. Están haciendo unas escaleras para subir el tramo más empinado, pero casi era preferible un teleférico.

Decidí ir a dormir a Burdeos, a 60 kms de la duna. Llegué con tiempo suficiente, pero me pareció una ciudad muy caótica. Callejuelas estrechas, mucho tráfico y tuve la mala suerte de llegar y encontrarme una pelea por una plaza de aparcamiento. A puñetazo limpio estaban los gabachos. Tenía ganas de conocer esta ciudad, pero no me inspiró confianza, más por la moto que por mí, y decidí salir de aquel tumulto. La salida de esta gran urbe es por unas circunvalaciones enormes en las que la gente conduce muy rápido y el tráfico muy denso. Necesitaba buscar carreteras más tranquilas. Ese bullicio me estresa.

La noche cayó de repente, y me vi en unas carreteras muy solitarias en las que no veía un hotel por ningún lado. Por encima, se puso a llover con ganas. Estaba ya muy cansado. Al final topé un bar de carretera que ofrecían “chambres”. Sin lugar a dudas, el peor hotel de mi vida: baño compartido al final de un largo pasillo, habitación sin ventana, ruidos… ufff, el hotel de Psicosis me pareció hermoso comparándolo con este. Fueron 400 kms por carreteras de tercer orden con lluvia, de noche y mucho tráfico, sobre todo de camiones.

El cansancio me hizo dormir bien. Madrugué, no me duché y me marché. Quería llegar con luz al destino final. Estas carreteras, el paisaje y las vacas me recordaron mucho a Galicia. La llegada al Moint Saint Michel es espectacular. Ver semejante monumento emerger de entre la niebla le deja a uno cara de asombro. Para que no me ocurriera lo de la noche anterior, lo primero que hice fue buscar un hotel. Hay muchos, y buenos. Son casas de los paisanos de la zona que los han habilitado como pequeños hoteles. Pero muy bien. Por 40 euros tenía una habitación enorme y lujosa con desayuno incluido.

Estas son las vistas que tenía desde la cama: el monasterio perfectamente enmarcado.

No obstante, la distancia engaña mucho. No está tan cerca como parece. Esa tarde quise ir caminando hasta el Moint Saint Michel y ni me quité las botas porque me parecía que no estaba ni a cinco minutos andando. Pero lo que no contaba es que en el medio hay agua y hay que dar un gran rodeo. 5 kms para llegar y otros 5 para volver. Al día siguiente me enteré que había unos autobuses gratuitos que te acercaban al Moint. Siempre pago alguna novatada.

Cuando uno se ilusiona mucho con un lugar, teme que le decepcione. Tenía ese miedo, pero fue todo lo contrario: me encantó. Es un lugar increíble, bonito, misterioso, mágico, tenebroso y caprichoso: 12 horas es isla y 12 horas es península.

 

El Moint Saint Michel lo he visitado de noche y de día. No sabría decir cuando me gustó más.

Lo que sí es muy recomendable es visitar el interior de la abadía. Fueron los 9 euros mejor invertidos.

Me llamaron la atención los autobuses que acercan a los turistas al Moint Saint Michel, pues para evitar dar la vuelta tienen dos volantes, uno a proa y otro a popa. Cuando el conductor cambia de cabina, bloquea la dirección convirtiéndose en un eje rígido y pasando a ser las ruedas directrices las del otro eje. Las luces pasan de rojas a blancas dependiendo de la dirección en la que va el bus. Curiosa complejidad para evitar hacer un giro.

 

A medio día partí hacia otro destino que le tenía echado el ojo: Saint-Maló. Precioso puerto fortificado con un pueblo medieval intramuros y una ciudad moderna fuera de sus murallas. Acogedora y turística se ha convertido esta ciudad de antiguos corsarios.

El resto del día fue para visitar (sin ver casi nada) las ciudades de Rennes, Saint Nazaire y La Rochelle

 

En La Rochelle me vuelvo a encontrar con problemas para encontrar un hotel. Es una ciudad grande pero con una Semana Santa muy famosa por lo que los hoteles colgaron el cartel de completo desde muchos meses atrás. Así que arranco y a buscar un hostal de carretera. Esta noche pagué una novatada de persona poco viajada. Pasé por varios hoteles y todos estaban cerrados. Me cayó la noche encima (y la lluvia) y yo seguía sin encontrar un lugar donde dormir hasta que me di cuenta que los hoteles de carretera franceses no tienen recepcionista por la noche y tienes que acceder mediante un cajero automático que una vez introducidos los datos y número de tarjeta te deja caer una llave con el número de habitación al que corresponde. Con un gran cabreo por mi ignorancia y una cierta alegría por el alivio de encontrar un lugar para dormir, me voy para la cama. Creo que quedé dormido antes de quitarme las botas. Por la mañana, madrugón y vuelta a la ruta.

Mi siguiente parada fue un pueblo fortificado llamado Blaye. Mucho turismo y todo muy caro. Sin comer una gran cosa pagué por un plato del día 38 €. Me pareció un precio excesivo, pero es que además comí muy mal. Son estos pequeños detalles los que te amargan los viajes.

Blaye en realidad es una fortaleza, al igual que muchas otras de esta zona que protegían el mayor estuario de Europa que es el que forma el río Garona en su desembocadura en Burdeos.

No encontré mucho ambiente motorístico, y si en algún hotel había varios moteros, las motos tendían a juntarse para contarse sus batallas mientras nosotros dormíamos.

Y ya de aquí tiré rumbo a San Sebastián pasando ineludiblemente por la conflictiva ciudad de Burdeos.

Este es el mapa de la ruta de ese día.

De San Sebastián me fui costeando hasta Santander trazando curvas a un ritmo elegante. Fue la etapa más corta pero con carreteras y paisajes muy bonitos. La costa cántabra nunca decepciona.

Dormida en Santander, visita a la ciudad por la noche, otra visita por el día y a mediodía salgo para Vigo parando en Ponferrada a visitar a mi hija.

Total: 3500 kms de pura vida sin ningún problema grave. Cómo tiene que ser.  Y a pensar en la próxima salida.

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5 pensamientos en “Mont Saint Michel (Abril 2015)

  1. Si señor. felicidades. estupenda ruta. Hace años hice exactamente la misma, solo que yo seguí subiendo para pasar a Inglaterra y hasta la Isla de Man.
    Toda la zona de la Bretaña francesa es una preciosidad. Lo único malo es que está llena de gabachos (es broma) 🙂 :-).
    Veo que no te pilló lluvia. Mejor. Es clima tipo gallego con muchas lluvias y si te pilla una semana seguida en moto, acabas desquiciado.
    Lo dicho, felicidades. Estupendas fotos.

  2. ¡Qué pasada! Saint Michel es uno de los lugares que me gustaría visitar. Así es que, con esta entrada, has apagado mi fuego con alcohol… 😀

    Gracias.

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